Un día redondo

Hoy tuve uno de esos días que sin saberlo ni pretenderlo, terminan siendo especiales. Como todos mis días, tenía la particularidad de que cualquier cosa podía pasar. Y así fue.

Temprano en la mañana, debí partir a pagar un parte policial que me sacaron por conducir a exceso de velocidad en la carretera camino a la altura de Til Til, cuando me dirigía a Puchuncaví. Salé de la oficina a eso de las 10 de la mañana y tras utilizar todas las combinaciones posibles de Metro, micro y taxi, logré llegar al terminal de buses de avenida La Paz. Me subí al bus con destino a Til Til y tras 50 minutos a bordo, llegué a la citada localidad. Pensé que el trámite sería más largo, sin embargo, fue sólo eso, un trámite del que 15 minutos después ya tenía resuelto.

Abordé el bus de vuelta y aquí fue cuando ocurrió el primer hecho que me llamó la atención. A poco andar de regreso a Santiago, se subió al bus una familia que venía con algunos bultos. El chofer, de manera muy prepotente, les dijo que no podían meter esas cosas a vehículo y que debían meterlo en el maletero. El tipo ni se inmutó y la pobre familia debió hacer toda la pega de abrir dicha puerta, meter sus cosas y cerrar la puerta. Esto último, por razones más que obvias, no cerraba, hecho que generó que el chofer de muy mala gana se bajara a cerrar la puerta. Algo le dijo a una de las mujeres que cuando aparecieron a bordo de la máquina, venían peleando que no era posible que un hombre como el tratara así a una dama como ella.

Dejando de lado los apelativos y los cargos, qué le costaba al chofer hacer bien su pega y dar el servicio tal y como aceptó hacerlo cuando fue contratado. Porqué esa eterna necesidad de imponer un cargo o una condición de superioridad frente nuestros propios pares. Qué necesidad hay de hacer algo así. Por último, qué tiene de superioridad ser chofer de micros interurbanas. Lo que me dio más pena fue que una niñita de 3 o 4 años presenció todo y claramente no debe haber entendido porque ese hombre necesitaba ser malo con su familia.

El segundo hecho de mi día fue diametralmente opuesto al primero. Como es habitual,  salí pasadas las 19 horas de la oficina. Tomé mi bicicleta y dirigí mis pedales a mi casa. En Apoquindo, estando pronto a cruzar, aparece de la nada un hombre ciego con un bastón que me pide que lo ayude a cruzar la calle. La cosa podría haber quedado ahí, pero me sorprendió lo feliz que era el hombre cuando, tomado de mi brazo me dijo: “Usted afirme su bicicleta y yo lo afirmo a usted”.

El hecho en cuestión no es sólo qué cosas pasan durante un día o qué dejamos que nos marque la jornada, sino la reflexión que somos capaces de hacer cuando revisamos y vemos todo lo que ocurrió.

Personalmente me podría haber quedado con la mala experiencia del bus a Til Til, sin embargo, el destino me tenía preparado el encuentro con el ciego que, sin querer queriendo, me regaló una frase para el bronce.

La gracia de un blog es que soy mi propio editor y, en esa línea, lo que escribo es para mi. No necesariamente tiene que gustarte a ti como lector.

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